militantes comprometidos

jueves, 17 de noviembre de 2011

PENSARSE Y SENTIRSE MILITNATE


de Gallego Fernández, el jueves, 17 de noviembre de 2011, 3:59
EL MILITANTE Y SU CONTEXTO
DESDE UNA PERSPECTIVA LIBERADORA
La creciente politización, merece algunas reflexiones sobre la tarea del militante, el rol que desempeña en las estructuras políticas y en la sociedad. Definirse militante, es interrogarse sobre nuestra visión de la historia, de los procesos políticos, la idea del bienestar general y la política como ética. 
Para los militantes peronistas, que sienten y apropian al peronismo en términos revolucionarios y liberadores, es bucear en el significado de lealtad, en el compromiso con la patria, en la realización de una sociedad construida por el hombre de manera consciente, destinada a brindar las condiciones para su realización y la felicidad de sus compatriotas.
El militante revolucionario es soldado de una causa noble, en términos del Che es el peldaño más alto de la condición humana, su lucha tiene como destino clausurar las estructuras sociales de dominación e injusticia, transformar las instituciones en que se asientan, y construir un hombre nuevo, que orienta su conducta por valores solidarios y humanistas.
Los contextos tienen determinaciones sobre el militante revolucionario, no es lo mismo la lucha por la liberación en un régimen dictatorial, que en una democracia liberal, pero aún así, el militante es de carne y hueso como cualquier mortal, ama, forma una familia, tiene hijos, come, necesita un techo, se viste. Es irremediable, que tanto en la clandestinidad, como en las democracias liberales, deba procurar sus medios de existencia; en las dos situaciones, el pensamiento político y la acción política, jamás puede estar condicionado, por el acceso a sus medios materiales de vida, reduciría su vocación militante a una relación laboral, traicionaría su razón de ser.
Centralmente el militante es un hombre de acción, el sabe que en la ejecución, es donde se consuma el hecho político, donde se alteran las relaciones de poder, donde procesa su liderazgo; su ámbito orgánico es vital; en él, se nutre con el debate, es donde su opinión construye el marco estratégico para intervenir en el proceso histórico, se formula los objetivos y el plan político que lo vincula a la sociedad, se proyectan los escenarios que expresan los intereses populares y los conecten al estado, para demandar decisiones políticas, o para fortalecer decisiones de gobierno.
El militante revolucionario, tiene la enorme presión de convivir con un sistema que aborrece, la suficiente paciencia para observarlo, la decisión para construir las herramientas, que permitan, golpear con el pueblo a la oligarquía, dañarla y avanzar; la eterna constancia de recomenzar mil veces, porque los contextos se lo demandan. No hace carrera política, ello es antagónico a las aspiraciones colectivas, está en el lugar donde mejor sirve a los intereses de su pueblo.
Es solidario con quien padece una injusticia, pero jamás pierde de vista que las injusticias no se resuelven de a una; que la política y los hechos políticos, son los que erradican la injusticia social. Tampoco confunde su organización con la revolución, sabe que es una herramienta, no milita para la orga, sino para el pueblo.  Por lo que, difícilmente se quede mucho tiempo en una estructura política que no debate ni tiene política, para las demandas populares, ni combate a las clases dominantes.
Alimenta su identidad en la historia de la patria, se hace cargo de ella, porque sabe que los pueblos siempre retoman la historia en el lugar donde la dejaron, acrecienta su experiencia con ella, observa las relaciones de poder en los momentos históricos decisivos, como se construyen y difunden marcos ideológicos antagónicos, como se condensan esos intereses hacia dentro del estado, se transforman y crean instituciones que responden a ellos.
También recurre a su propia memoria histórica, su registro militante le permite discernir, los grados de coherencia ideológica, de él, y de sus pares; los intentos honestos, de las abyecciones más hipócritas; los que se juegan frente a la injusticia, de los indiferentes ante el que sufre. El sabe que no es juez, que solamente el pueblo puede juzgar; tiene absoluta certeza de los compañeros con los que caminará toda la vida, y de los otros, que nunca están cuando el pueblo los necesita.
El militante, por sobre todas las cosas, comprende al pueblo, jamás reniega de su voluntad. Aún cuando la mayoría adore el becerro de oro; aplauda la convertibilidad; le reconozca a la peor de las dictaduras, signos de humanidad y soberanía; o confunda el negocio sojero, con agricultura familiar; el ama al pueblo; el sabe que cuando el enemigo lo derrota, esos son los resultados. También sabe, que los pueblos al igual que el agua, siempre retoman su cauce, en el punto donde los detuvieron. No contraría la voz del pueblo, guarda silencio, abre interrogantes, y aún en la peor de las situaciones, en los momentos donde nadie cree en la verdad que atesora como militante, (su pensamiento político – ideológico), sigue ahí, marchando con su pueblo, se mimetiza y lo conduce en la reivindicaciones, que despiertan solidaridades.
No guarda lealtades para nadie, solamente es leal con las causas populares, con los liderazgos que expresan esos intereses, enfrentando a quienes someten al pueblo; no admite justificaciones que dañen la patria, porque sería tolerar una agresión a la condición humana.
El militante escapa a la lógica del psicoanálisis burgués, su pulsión de vida es el afecto de los compatriotas, su deseo, es la libertad para hacer la historia colectivamente; para reafirmar en la dignidad del otro, su propia condición humana; para sentir la injusticia ajena, como propia, porque daña, aquello que lo hace humano.
No participa de las prácticas que humillan al pueblo, sabe que un compatriota sistemáticamente humillado, es un hombre derrotado; la historia le demuestra, que los pueblos se liberan organizándose y movilizándose; con pasión, con fervor, con el corazón,  con fanatismo, por los sueños de felicidad compartidos en un destino común. Es un insulto a su condición de militante, toda política que tenga por objeto comprar voluntades, utilizando las necesidades del pueblo.  Puede vincularse de mil formas con el pueblo, pero sólo admite a su lado las voluntades, que libremente y como iguales, comparten con él, un proyecto liberador.
Conoce todas las prácticas liberales, acepta la competencia electoral, donde el resultado expresa la voluntad popular,  y su nivel de conciencia; sabe que no se procesan liderazgos por el compromiso con demandas populares, sino que se ofertan candidatos como productos de consumo, desde aparatos plebiscitarios financiados por sectores antagónicos al pueblo; tiene certeza de su vulnerabilidad.  Pero también sabe, que para ganar una elección con tiza y carbón, es necesario un 17 de octubre, un hecho colectivo, el subsuelo de la patria sublevada; y ello debe traducirlo en las coordenadas del presente, en políticas de masas donde el pueblo apropie el estado como el instrumento que produce un orden de justicia y felicidad. Luego será inútil la oferta del producto electoral, el pueblo ya sabe de qué se trata.
A todos los compañeros con los que los que comparto estas reflexiones y nuestra militancia, celebremos nuestro día, nuestra eterna rebeldía, nuestra voluntad inquebrantable de vencer a la oligarquía y al imperialismo, nuestro amor al pueblo y a la patria, rindamos siempre un eterno homenaje al día que triunfó “el luche y vuelve”, esa epopeya que construyo la militancia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario