REGISTRO DE UNA TRAICIÓN-Glasy Pereira-
de Glasy Pereira, el Viernes, 04 de febrero de 2011 a las 10:16
Cuando la Presidenta de la Nación, Cristina Fernández, afirma “Todo accionar quedará registrado en la Historia” alega una verdad irrefutable.
Lo que hoy sucede en los tres Poderes quedará registrado por generaciones, al igual que el nombre y apellido de quienes nos impiden desarrollarnos como país, subestimando nuestra capacidad de ciudadanos comprometidos con el quehacer nacional.
Esta nota pretende probar, al señor Duhalde y a todos aquellos que enuncian (desde diferentes partidos políticos) que se está “ridiculizando y humillando al Ejército” que los ciudadanos argentino sabemos diferenciar con criterio, reflexivamente, las “buenas y malas” acciones ejecutadas a través de la Historia por quienes alguna vez dirigieron el destino de la Patria. No nos subestimen.
Aunque muchos se empeñaron en estigmatizarnos durante décadas – y aún hoy pretenden hacerlo- las masas populares no somos “eso” que aseguró Manuel Iricibar, el Intendente de la ciudad de Buenos Aires (dic.1968), en su discurso en Nueva Orleáns (EEUU): “Los cabecitas negras no tienen hábitos de trabajo y son los culpables de esta situación y sólo a ellos mismos se les puede atribuir la culpa de las penurias que soportan. Los pobres carecen de “espíritu cívico”.
Veamos qué decía una nota que fue publicada en “Inédito”, Buenos Aires, 7 de agosto de 1968.
“ El 20 de julio de 1968, los jefes del régimen militar se reunieron en el Cementerio de la Recoleta para rendir homenaje al teniente general José Félix Uriburu, cabeza visible del golpe de Estado de 1930 contra el presidente Hipólito Yrigoyen. En esta ocasión habló el jefe del Primer Ejército, general de División Gustavo Martínez Zuviría que dijo hacerlo en nombre de todo el Ejército, afirmación que no habiendo sido desmentida hasta el momento deberá aceptarse como válida. El discurso del general Martínez Zuviría es una pieza única y extraordinariamente útil para comprender la ideología del gobierno militar, más allá de las divagaciones retóricas de los ministros políticos o de la omisión conceptual del propio presidente.
Dijo el general Martínez Zuviría: “No se trataba, como maliciosamente se ha pretendido sostener, de mantener o de derribar a un gobierno elegido por el pueblo soberano, que dicen, a pesar de las evidencias en contra, no se equivoca jamás”.
En esta frase está resumida toda la ideología del general Martínez Zuviría, de los altos mandos de la Caballería que gobernaban el país, del general Onganía y, por cierto, del general Uriburu que recibió el homenaje. Con lo que el golpe reaccionario de 1930 ha venido a fundirse a través de la historia con el golpe de 1966, según la interpretación de uno de sus principales protagonistas.
Martínez Zuviría ha dicho la verdad, ha destapado con franqueza lo que bullía en la cabeza de los jefes golpistas de ayer y de hoy. La idea de que el pueblo argentino se equivoca, y que son ellos, los generales golpistas, los llamados por la Providencia para corregir los errores del pueblo, ese niño-grande que no puede dirigirse a sí mismo y al que no se debe dejar la libertad de elegir a sus gobernantes.
El general Martínez Zuviría, al exaltar a Uriburu como una figura ha pretendido, a renglón seguido, que sea todo el Ejército el que endose las ideas antipopulares de aquél.
Con esta lógica elemental, todo oficial o jefe que ponga en duda la política petrolera de Uriburu, el control de los monopolios cerealeros que caracterizó nuestra economía en 1930, la revancha abierta que la clase alta se tomó contra el resto del país después del 6 de septiembre, todo el que lo ponga en duda, estaría traicionando “a uno de los más ilustres soldados de este siglo”, según las mismas palabras de Martínez Zuviría. Sería un traidor al espíritu de cuerpo del Ejército.
Sin embargo, jamás existió en el Ejército argentino la opinión de aprobación, respeto e identificación con Uriburu que Martínez Zuviría acababa de descubrir. Hubo, sí, en todos los tiempos, una camarilla de jefes superiores que habiendo acompañado a Uriburu en 1930, buscó prolongarse a través de aquél, por aquello de que quien apoyó al personaje histórico resulta- ellos también- digno de entrar en la historia.
La naturaleza personal de Uriburu es un asunto de interés secundario. Sus contemporáneos más cercanos han afirmado más de una vez que era una persona corriente, con virtudes y defectos perfectamente humanos, intelectualmente insignificante y con todas las buenas intenciones que pueden adornar –y generalmente adornan- a un personaje al que las circunstancias empujan hacia arriba y termina creyéndose que sube por sus propios méritos. Situación ésta que no dejará de repetirse en el tiempo, como ciertos ejemplos que después tuvimos a la vista permiten suponer.
Lo importante es esclarecer es lo que significó Uriburu para el país, lo que representó políticamente.
El Ejército no era, en 1930, mayoritariamente golpista. Esta afirmación resultaría temeraria si no se observara que algunos de los jefes de mayor prestigio, como los generales Baldrich y Mosconi, fueron encarcelados en el Arsenal De Luca por su oposición al golpe de Estado. Una purga de centenares de jefes y oficiales siguió a la caída del presidente Yrigoyen. Y poco después que comenzara el gobierno militar, cuando éste mostró crudamente su verdadera cara, fueron muchísimos los jefes y oficiales que se opusieron a la dictadura antipopular y entreguista que se había apoderado del gobierno en nombre de todos aquellos.
Recordemos la opinión de uno de los jefes más importantes y desconocidos del Ejército argentino, desconocimiento que es la consecuencia de su oposición al régimen militar instaurado en 1930, y a su sucesión en el poder, el gobierno del general Agustín P. Justo.
Nos referimos al general de División Ramón Molina, que fue jefe del Estado Mayor General del Ejército entre 1932 y 1934, y que pertenecía, familiar y profesionalmente, al círculo íntimo del general Uriburu. Molina fue colaborador directo de Uriburu durante siete años, y Uriburu lo calificó como “sobresaliente”, exaltando también su “abnegación en el cumplimiento del deber, subordinado, activo y leal”. El 6 de septiembre, el general Molina no se encontraba en el país, pero años más tarde confesaría que “si hubiera estado presente, mi puesto hubiera sido al lado de la legalidad constitucional y de la disciplina del Ejército”.
Cuando Molina conoció desde adentro el régimen de su amigo Uriburu, no pudo ocultar su desilusión, primero, y su repugnancia, después. Mantuvo la lealtad con el amigo, pero fue una lealtad sin ninguna esperanza. Él mismo lo explicó una vez con estas palabras: “Y sobre todo, de lo que estoy seguro la historia se encargará de comprobarlo, y a cuyo respecto yo adelanto mi juicio, hablando también para la historia, el general Uriburu ha sido, sin darse cuenta probablemente, un instrumento del personaje que tan preponderante influencia ha llegado a tener en la política interna del país en los últimos años: el general Justo”.
“Si el general Justo hubiera hecho él mismo la revolución del año 30, no hubiera podido usufructuar el íntegro período de seis años de gobierno; por eso la hizo hacer con el general Uriburu” (General de División Ramón Molina, “Defendamos nuestro país”, Buenos Aires, 1940)
El general Ramón Molina no se detuvo, una vez que vio claro la dirección que había tomado el régimen de su amigo Uriburu, y francamente enfrentado con el general Justo, pasó a situación de retiro e inició la campaña política contra el régimen de la “década infame”, en la que estuvo hasta su muerte.
En esa etapa de su vida conoció muchos agravios y deslealtades pero también buscó y encontró el apoyo de los argentinos patriotas. La Federación Universitaria Argentina (FUA), le dio su apoyo en 1937, ocasión en la pudo exponer sus esperanzas en el papel que jugaría la juventud en el futuro del país y que, por contragolpe, permitió al general Justo lanzar contra él la imputación de “comunista”. Un sucio pasquín editado por los servicios especiales de la policía tuvo a su cargo la tarea de “denunciar” las presuntas “andanzas político-comunistas del general Ramón Molina”. Este viejo expediente para destruir el prestigio de los enemigos, como se ve, no ha sido inventado ayer, y los modelos militares del general Martínez Zuviría sabían cómo emplearlo.
El general Molina respondió a esta campaña en un discurso que pronunció en julio de 1937 en el Teatro Corrientes, rechazando “la diatriba comunista aplicada, insidiosamente, al más puro nacionalismo”.
Al general Molina le tocó conocer en carne propia el modo de operar de los grandes monopolios nacionales y extranjeros, la inescrupulosidad de quienes los sirven y el riesgo real y concreto que corre aquel que se atreve a denunciarlos."-----
Para que todos hagamos Memoria durante este 24 de marzo y que cada uno
elabore sus propias conclusiones. Un fuerte abrazo, compañeros.
Lo que hoy sucede en los tres Poderes quedará registrado por generaciones, al igual que el nombre y apellido de quienes nos impiden desarrollarnos como país, subestimando nuestra capacidad de ciudadanos comprometidos con el quehacer nacional.
Esta nota pretende probar, al señor Duhalde y a todos aquellos que enuncian (desde diferentes partidos políticos) que se está “ridiculizando y humillando al Ejército” que los ciudadanos argentino sabemos diferenciar con criterio, reflexivamente, las “buenas y malas” acciones ejecutadas a través de la Historia por quienes alguna vez dirigieron el destino de la Patria. No nos subestimen.
Aunque muchos se empeñaron en estigmatizarnos durante décadas – y aún hoy pretenden hacerlo- las masas populares no somos “eso” que aseguró Manuel Iricibar, el Intendente de la ciudad de Buenos Aires (dic.1968), en su discurso en Nueva Orleáns (EEUU): “Los cabecitas negras no tienen hábitos de trabajo y son los culpables de esta situación y sólo a ellos mismos se les puede atribuir la culpa de las penurias que soportan. Los pobres carecen de “espíritu cívico”.
Veamos qué decía una nota que fue publicada en “Inédito”, Buenos Aires, 7 de agosto de 1968.
“ El 20 de julio de 1968, los jefes del régimen militar se reunieron en el Cementerio de la Recoleta para rendir homenaje al teniente general José Félix Uriburu, cabeza visible del golpe de Estado de 1930 contra el presidente Hipólito Yrigoyen. En esta ocasión habló el jefe del Primer Ejército, general de División Gustavo Martínez Zuviría que dijo hacerlo en nombre de todo el Ejército, afirmación que no habiendo sido desmentida hasta el momento deberá aceptarse como válida. El discurso del general Martínez Zuviría es una pieza única y extraordinariamente útil para comprender la ideología del gobierno militar, más allá de las divagaciones retóricas de los ministros políticos o de la omisión conceptual del propio presidente.
Dijo el general Martínez Zuviría: “No se trataba, como maliciosamente se ha pretendido sostener, de mantener o de derribar a un gobierno elegido por el pueblo soberano, que dicen, a pesar de las evidencias en contra, no se equivoca jamás”.
En esta frase está resumida toda la ideología del general Martínez Zuviría, de los altos mandos de la Caballería que gobernaban el país, del general Onganía y, por cierto, del general Uriburu que recibió el homenaje. Con lo que el golpe reaccionario de 1930 ha venido a fundirse a través de la historia con el golpe de 1966, según la interpretación de uno de sus principales protagonistas.
Martínez Zuviría ha dicho la verdad, ha destapado con franqueza lo que bullía en la cabeza de los jefes golpistas de ayer y de hoy. La idea de que el pueblo argentino se equivoca, y que son ellos, los generales golpistas, los llamados por la Providencia para corregir los errores del pueblo, ese niño-grande que no puede dirigirse a sí mismo y al que no se debe dejar la libertad de elegir a sus gobernantes.
El general Martínez Zuviría, al exaltar a Uriburu como una figura ha pretendido, a renglón seguido, que sea todo el Ejército el que endose las ideas antipopulares de aquél.
Con esta lógica elemental, todo oficial o jefe que ponga en duda la política petrolera de Uriburu, el control de los monopolios cerealeros que caracterizó nuestra economía en 1930, la revancha abierta que la clase alta se tomó contra el resto del país después del 6 de septiembre, todo el que lo ponga en duda, estaría traicionando “a uno de los más ilustres soldados de este siglo”, según las mismas palabras de Martínez Zuviría. Sería un traidor al espíritu de cuerpo del Ejército.
Sin embargo, jamás existió en el Ejército argentino la opinión de aprobación, respeto e identificación con Uriburu que Martínez Zuviría acababa de descubrir. Hubo, sí, en todos los tiempos, una camarilla de jefes superiores que habiendo acompañado a Uriburu en 1930, buscó prolongarse a través de aquél, por aquello de que quien apoyó al personaje histórico resulta- ellos también- digno de entrar en la historia.
La naturaleza personal de Uriburu es un asunto de interés secundario. Sus contemporáneos más cercanos han afirmado más de una vez que era una persona corriente, con virtudes y defectos perfectamente humanos, intelectualmente insignificante y con todas las buenas intenciones que pueden adornar –y generalmente adornan- a un personaje al que las circunstancias empujan hacia arriba y termina creyéndose que sube por sus propios méritos. Situación ésta que no dejará de repetirse en el tiempo, como ciertos ejemplos que después tuvimos a la vista permiten suponer.
Lo importante es esclarecer es lo que significó Uriburu para el país, lo que representó políticamente.
El Ejército no era, en 1930, mayoritariamente golpista. Esta afirmación resultaría temeraria si no se observara que algunos de los jefes de mayor prestigio, como los generales Baldrich y Mosconi, fueron encarcelados en el Arsenal De Luca por su oposición al golpe de Estado. Una purga de centenares de jefes y oficiales siguió a la caída del presidente Yrigoyen. Y poco después que comenzara el gobierno militar, cuando éste mostró crudamente su verdadera cara, fueron muchísimos los jefes y oficiales que se opusieron a la dictadura antipopular y entreguista que se había apoderado del gobierno en nombre de todos aquellos.
Recordemos la opinión de uno de los jefes más importantes y desconocidos del Ejército argentino, desconocimiento que es la consecuencia de su oposición al régimen militar instaurado en 1930, y a su sucesión en el poder, el gobierno del general Agustín P. Justo.
Nos referimos al general de División Ramón Molina, que fue jefe del Estado Mayor General del Ejército entre 1932 y 1934, y que pertenecía, familiar y profesionalmente, al círculo íntimo del general Uriburu. Molina fue colaborador directo de Uriburu durante siete años, y Uriburu lo calificó como “sobresaliente”, exaltando también su “abnegación en el cumplimiento del deber, subordinado, activo y leal”. El 6 de septiembre, el general Molina no se encontraba en el país, pero años más tarde confesaría que “si hubiera estado presente, mi puesto hubiera sido al lado de la legalidad constitucional y de la disciplina del Ejército”.
Cuando Molina conoció desde adentro el régimen de su amigo Uriburu, no pudo ocultar su desilusión, primero, y su repugnancia, después. Mantuvo la lealtad con el amigo, pero fue una lealtad sin ninguna esperanza. Él mismo lo explicó una vez con estas palabras: “Y sobre todo, de lo que estoy seguro la historia se encargará de comprobarlo, y a cuyo respecto yo adelanto mi juicio, hablando también para la historia, el general Uriburu ha sido, sin darse cuenta probablemente, un instrumento del personaje que tan preponderante influencia ha llegado a tener en la política interna del país en los últimos años: el general Justo”.
“Si el general Justo hubiera hecho él mismo la revolución del año 30, no hubiera podido usufructuar el íntegro período de seis años de gobierno; por eso la hizo hacer con el general Uriburu” (General de División Ramón Molina, “Defendamos nuestro país”, Buenos Aires, 1940)
El general Ramón Molina no se detuvo, una vez que vio claro la dirección que había tomado el régimen de su amigo Uriburu, y francamente enfrentado con el general Justo, pasó a situación de retiro e inició la campaña política contra el régimen de la “década infame”, en la que estuvo hasta su muerte.
En esa etapa de su vida conoció muchos agravios y deslealtades pero también buscó y encontró el apoyo de los argentinos patriotas. La Federación Universitaria Argentina (FUA), le dio su apoyo en 1937, ocasión en la pudo exponer sus esperanzas en el papel que jugaría la juventud en el futuro del país y que, por contragolpe, permitió al general Justo lanzar contra él la imputación de “comunista”. Un sucio pasquín editado por los servicios especiales de la policía tuvo a su cargo la tarea de “denunciar” las presuntas “andanzas político-comunistas del general Ramón Molina”. Este viejo expediente para destruir el prestigio de los enemigos, como se ve, no ha sido inventado ayer, y los modelos militares del general Martínez Zuviría sabían cómo emplearlo.
El general Molina respondió a esta campaña en un discurso que pronunció en julio de 1937 en el Teatro Corrientes, rechazando “la diatriba comunista aplicada, insidiosamente, al más puro nacionalismo”.
Al general Molina le tocó conocer en carne propia el modo de operar de los grandes monopolios nacionales y extranjeros, la inescrupulosidad de quienes los sirven y el riesgo real y concreto que corre aquel que se atreve a denunciarlos."-----
Para que todos hagamos Memoria durante este 24 de marzo y que cada uno
elabore sus propias conclusiones. Un fuerte abrazo, compañeros.
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